Por: Redacción Sabores de Argentina
En San Patricio del Chañar, a unos 65 kilómetros de la capital neuquina, la viticultura sureña dejó de ser un proyecto emergente para consolidarse como una actividad con proyección internacional. Allí, Bodega Malma elabora cerca de 800.000 botellas de vino al año y destina el 50 por ciento a mercados exigentes como Estados Unidos, el Reino Unido, Brasil y Europa continental. En diálogo con el programa Sabores de Argentina, Ana Viola, CEO de la empresa familiar, analiza la evolución de un emprendimiento que combina el espíritu pionero de la región con una rigurosa gestión ambiental.
El origen de la vitivinicultura moderna en el valle de San Patricio del Chañar se remonta a mediados de la década de 1990. El padre de Ana Viola ideó el desarrollo del polo productivo regional, una iniciativa por la que recibió, en 1998, el premio de la Fundación Invertir. “Es una historia que no es una línea recta”, recuerda la ejecutiva al repasar las transformaciones del proyecto. “En realidad, el que desarrolló todo lo que es San Patricio del Chañar, la parte vitivinícola, fue mi papá. Él fue el autor intelectual y material de toda esta zona”, destaca.
Tras la fundación de Bodega del Fin del Mundo en 2003 y la posterior adquisición conjunta de la finca NQN en 2012, la reorganización societaria de 2019 dejó a Malma bajo la propiedad y dirección exclusiva de la familia Viola. Desde entonces, la bodega profundizó una identidad propia, que combina el gusto personal con la fidelidad a las características del entorno. Su CEO lo expresa así: “Buscamos hacer vinos que reflejen no solo nuestro gusto, sino que además reflejen lo que es el terruño, la zona de San Patricio del Chañar”.

Ana Viola, CEO de la Bodega Malma en San Patricio del Chañar
Las condiciones agroclimáticas del Chañar se caracterizan por una marcada amplitud térmica, con días soleados y cálidos seguidos de noches frías, escasas precipitaciones y una humedad ambiental mínima. El viento constante de la Patagonia contribuye a mantener sanos los viñedos y previene el desarrollo de enfermedades causadas por hongos.
“El viento nos da la posibilidad de tener una viticultura muy sana. Por eso nos resultó bastante fácil el tema de la certificación orgánica”, explica Viola. Esa condición favorece especialmente al Pinot Noir, varietal insignia de la bodega y cepa emblemática de la región. Las brisas continuas mantienen deshidratado y sano el racimo compacto de esta uva sensible. A esas condiciones se suma una acidez natural equilibrada, que aporta frescura en boca. “El Pinot Noir es claramente una variedad estrella porque se da muy bien acá en la zona gracias a esta acidez natural y a la sanidad”, subraya. En los viñedos también se cultivan Malbec, que ocupa la mayor superficie, Merlot, Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Sauvignon Blanc. La producción se completa con pequeñas partidas de espumantes.
El modelo de trabajo se extiende más allá del viñedo. Bodega Malma cuenta con certificación orgánica en parte de sus cuadros, adhiere al Protocolo de Sustentabilidad de Bodegas de Argentina y a la Guía de Coviar, y mide su huella de carbono. Para Viola, estas prácticas responden tanto a las exigencias de los mercados internacionales como a una convicción familiar. “Exportamos la mitad de nuestra producción y en muchos destinos las certificaciones son un dato muy importante que tienen en cuenta los importadores, pero además es por un compromiso con el medio ambiente que tenemos nosotros como familia”, afirma.

Malma conserva todo el espíritu y terroir patagónico en sus vinos
La bodega integra el paisaje neuquino con una propuesta gastronómica basada en productos regionales. La carta de su restaurante incluye langostinos de Puerto Madryn, sal marina de Chubut, peras del Alto Valle y aceites de oliva locales. “Tratamos de usar muchos productos de la Patagonia porque creemos que es lo que mejor marida, por una cuestión de origen, con nuestros vinos”, sostiene la empresaria.
La oferta enoturística abarca visitas guiadas, eventos corporativos y alojamiento en casitas de diseño moderno ubicadas en medio del viñedo. Durante el verano, la agenda incluye actividades culturales, como ciclos al atardecer y presentaciones de cocineros invitados. La bodega recibe visitantes nacionales e internacionales que llegan a través del aeropuerto de Neuquén, aunque su dirección también busca afianzar el vínculo con la comunidad provincial. “Queremos que las personas se acerquen a la bodega y la sientan como un lugar de ellos, donde pueden venir a disfrutar”, sintetiza Viola.
A menos de una hora de viaje desde la capital provincial y con buena conectividad, San Patricio del Chañar consolida una vitivinicultura patagónica que combina precisión técnica, respeto por el terruño y una visión de sustentabilidad a largo plazo.