Por: Redacción Mendoza Económico
La noticia de la muerte de Michel Rolland, ocurrida en el día de hoy, no solo cierra un capítulo en la historia contemporánea del vino: deja también un silencio difícil de llenar. Su figura, que durante más de cuatro décadas recorrió los grandes terruños del mundo, se apaga dejando algo más que una herencia técnica. Deja una memoria, una forma de mirar la tierra, una sensibilidad que transformó para siempre la vitivinicultura global y, de manera profunda, la argentina.
Nacido en 1947 en Libourne, en el corazón de Burdeos, Rolland creció entre viñedos, respirando desde temprano el ritmo de la vid y el pulso del vino. Aquella infancia, ligada a la tierra, fue el germen de una vida que nunca se apartaría de ese paisaje. Su paso por la Escuela de Viticultura y Enología de La Tour Blanche y la Universidad de Burdeos le dio herramientas, pero fue su intuición —esa mezcla de rigor y sensibilidad— la que lo convirtió en una figura única, capaz de interpretar cada suelo como si fuera irrepetible.
Su nombre se volvió sinónimo de influencia. Consultor de bodegas en más de veinte países, fue admirado y discutido con la misma intensidad. Su estilo, asociado a vinos de carácter, concentración y madurez, generó debates que atravesaron generaciones. Pero incluso en medio de la controversia, él mantenía una distancia casi serena, como quien entiende que el vino, en definitiva, es una conversación que se prolonga en el tiempo.
En la Argentina, sin embargo, su historia adquirió otra dimensión. Cuando llegó en 1988, encontró una industria en transición, todavía anclada en lógicas productivas que priorizaban volumen sobre calidad. Donde muchos veían límites, él vio posibilidad. Donde otros observaban rutina, él percibió potencial.

En un momento en que la variedad retrocedía frente a cepas más rendidoras, Rolland apostó por ella con convicción. No fue una apuesta inmediata ni evidente, sino una intuición sostenida en el tiempo. Trabajó sobre el viñedo, sobre los rendimientos, sobre la búsqueda de expresión. Décadas más tarde, esa misma variedad se convertiría en símbolo del vino argentino en el mundo. En esa transformación hay técnica, sin duda, pero también una forma de creer cuando todavía no había certezas.
Su vínculo con el país fue más allá del trabajo. Proyectos como Clos de los Siete reflejan su capacidad de imaginar futuro donde antes había vacío. En tierras que parecían deshabitadas, proyectó un polo vitivinícola que hoy es referencia internacional. Pero más allá de la escala económica o productiva, ese proyecto resume algo más íntimo: su confianza en el territorio mendocino.
“Argentina es parte de mi vida”, dijo en su última visita. Y no era una frase de circunstancia. Era la síntesis de una relación construida a lo largo de décadas, de viajes, de vendimias compartidas, de conversaciones entre viñedos. Rolland no fue un visitante frecuente: fue, en muchos sentidos, un protagonista de la transformación del vino argentino.
Incluso en sus últimos años, su energía no se apagó. Continuó recorriendo fincas, participando en proyectos, hablando de nuevos desafíos. Su curiosidad permanecía intacta, como si cada cosecha siguiera siendo la primera. Esa persistencia, esa imposibilidad de retirarse del todo, habla de una pasión que nunca encontró un punto final.
Hoy, su ausencia deja algo más que un vacío profesional. Falta su voz, su mirada, su manera de leer el vino como si fuera un relato en evolución constante. La vitivinicultura global pierde a uno de sus grandes intérpretes, pero también a un hombre que supo combinar conocimiento con intuición, disciplina con sensibilidad.
En la Argentina, su legado se vuelve todavía más cercano. Está en cada botella que expresa identidad, en cada viñedo que apuesta por la calidad, en cada proyecto que mira al mundo sin perder raíz. Está, sobre todo, en esa transformación que convirtió al país en un actor central del mapa vitivinícola internacional.
Recordarlo es, en definitiva, volver a mirar el paisaje con sus ojos: entender que detrás de cada tierra hay una historia posible, y que a veces hace falta alguien que la imagine primero.
Hoy, al evocarlo, no solo se despide a un enólogo. Se despide a un hombre que encontró en Mendoza algo más que un lugar de trabajo: encontró un hogar en la memoria del vino, como lo dijo en el último encuentro de Sabores de Argentina con él en diciembre del año pasado